¿Puede volver la foca monje a Cataluña? Entre la recuperación ecológica y la ilusión de una reintroducción

Una foca que desapareció de nuestro Mediterráneo

La foca monje del Mediterráneo es uno de los mamíferos marinos más singulares de nuestro entorno. Monachus monachus es el único pinnípedo que mantiene poblaciones reproductoras en el Mediterráneo y uno de los mamíferos más amenazados de Europa. Los adultos pueden alcanzar aproximadamente 2,3 – 2,8 metros de longitud y pesar habitualmente entre 240 y 300 kg. Su cuerpo robusto, cabeza redondeada y ausencia de pabellones auriculares externos le dan el aspecto característico de las focas verdaderas.

Monachus monachus, Machico, Madeira. © Fabio Olmos, CC BY 4.0

Monachus monachus, Machico, Madeira. © Fabio Olmos, CC BY 4.0

Durante siglos ocupó buena parte del Mediterráneo y las costas atlánticas del noroeste de África. Su historia es, en buena medida, la historia de la transformación de las costas mediterráneas. Fue perseguida por su piel, grasa y carne, pero también porque los pescadores la consideraban competidora y porque podía entrar en las artes de pesca. La persecución humana provocó un progresivo desplazamiento de los animales desde las playas abiertas hacia lugares cada vez más inaccesibles.

Mapa de distribución de la foca monje mediterránea (Monachus monachus) por "Esculapio" en Wikimedia Commons CC BY 4.0

Mapa de distribución de la foca monje mediterránea. Dibujo de «Esculapio» en Wikimedia Commons CC BY 4.0

La especie no necesita únicamente mar. Necesita también lugares terrestres seguros donde descansar, mudar el pelaje, parir y criar. Actualmente estos lugares son, sobre todo, cuevas marinas con una zona seca protegida del oleaje. En condiciones de escasa perturbación, sin embargo, las focas pueden volver a utilizar playas abiertas. Es una observación particularmente importante para interpretar su historia: la foca monje no evolucionó necesariamente para vivir escondida en cuevas; en buena medida fue el ser humano quien la obligó a hacerlo.

La reproducción es relativamente lenta. La gestación dura aproximadamente nueve a once meses y normalmente nace una sola cría. En el Mediterráneo oriental y Madeira los nacimientos se concentran principalmente en otoño. Las hembras pueden reproducirse en años consecutivos, pero el crecimiento de una población sigue siendo necesariamente mucho más lento que el de un animal de ciclo reproductivo rápido.

Actualmente la especie presenta una situación paradójica. Su población mundial parece estar aumentando, pero continúa siendo extremadamente pequeña. La evaluación de la UICN de 2023 estimó entre 444 y 600 individuos maduros y clasificó la especie como Vulnerable a escala mundial. Otras estimaciones recientes sitúan la población total alrededor de 800–1.000 ejemplares, incluyendo individuos inmaduros. Las principales poblaciones reproductoras se encuentran en el Mediterráneo oriental y en dos núcleos atlánticos, Cabo Blanco y Madeira.

Por tanto, hablar de una especie «recuperada» sería prematuro. Lo que se está produciendo es una recuperación desde una situación extrema, y además muy desigual geográficamente.

¿Por qué desapareció?

Las causas históricas están bastante claras. La persecución directa fue fundamental, pero no fue la única responsable. La destrucción y transformación del litoral, la pesca, las capturas accidentales, la reducción de recursos alimenticios, la contaminación y la perturbación humana siguen siendo amenazas actuales. La UICN identifica específicamente el desarrollo urbano y comercial, el turismo y la recreación, las actividades pesqueras, el tráfico marítimo, la contaminación y el cambio climático entre los factores que pueden afectar a la especie.

El turismo merece especial atención. En Turquía, por ejemplo, se ha documentado cómo el incremento de la actividad turística en zonas utilizadas por las focas ha provocado perturbaciones en cuevas y lugares de reproducción. Buceadores, excursiones marítimas y otras actividades humanas pueden hacer que los animales abandonen refugios que, sobre el papel, están protegidos. La protección jurídica de una cueva no sirve de mucho si después el acceso humano no se controla.

La experiencia de Madeira ofrece otra advertencia: incluso en una población protegida, la reproducción puede verse limitada por la disponibilidad de alimento y por la utilización de hábitats subóptimos para el parto.

La lección es sencilla: proteger una especie no equivale a proteger el lugar donde duerme. Hay que proteger todo el sistema ecológico que permite que sobreviva.

El Cap de Creus: ¿un buen hábitat o solamente un buen lugar para una fotografía?

El Cap de Creus es probablemente el lugar de Cataluña que más argumentos ofrece a favor de la recuperación de la foca monje. Su costa rocosa presenta numerosas calas, acantilados, islotes y cavidades. Algunas zonas son relativamente inaccesibles desde tierra y existen cuevas marinas que, al menos desde un punto de vista geomorfológico, podrían proporcionar refugio. La documentación histórica del propio Parque Natural recoge referencias a la especie en el litoral del Cap de Creus, incluyendo observaciones de 1920 y 1973 y otros registros de mediados del siglo XX. También existe una toponimia vinculada históricamente al «bou marí», el nombre tradicional catalán de la foca monje.

Mapa anotado del Cap de Creus. Base cartográfica: Ortofoto territorial - ICGC - CC BY 4.0

Mapa anotado del Cap de Creus. Base cartográfica: Ortofoto territorial – ICGC – CC BY 4.0

Cala Jugadora aparece actualmente como uno de los emplazamientos considerados más favorables. La propuesta no surge de la nada: ya en 2006 se hablaba de este lugar como posible punto de reintroducción y se planteaba incluso el cierre temporal de la cala para facilitar la adaptación de los animales.

Cala Jugadora. Obtenida de Ports de Catalunya (costabravaports.com) CCBY4.0

Cala Jugadora. Obtenida de Ports de Catalunya (costabravaports.com) CCBY4.0

Pero aquí aparece una diferencia fundamental entre hábitat físico adecuado y hábitat ecológicamente viable: Que una foca pueda introducirse en una cueva no demuestra que pueda establecer allí una población.

El animal tendrá que salir de la cueva. Tendrá que alimentarse. Tendrá que desplazarse. Tendrá que encontrar otros refugios. Las hembras tendrán que criar. Las crías deberán sobrevivir. Y los animales jóvenes deberán poder dispersarse sin quedar expuestos a un nivel de perturbación, captura accidental o tráfico marítimo incompatible con su supervivencia.

Este punto es especialmente relevante a la luz de un trabajo publicado en 2026 por Alex Aguilar, Asunción Borrell, Camilla Aiuti y Manel Gazo. El estudio concluye que las áreas marinas protegidas existentes son, en general, un orden de magnitud menores que las áreas necesarias para cubrir los movimientos habituales de la foca monje. Los individuos pueden desplazarse decenas o incluso centenares de kilómetros, y las áreas de alimentación quedan con frecuencia fuera de los límites de las reservas.

Un litoral protegido… pero intensamente utilizado

El Cap de Creus tampoco es un territorio vacío. Es un espacio protegido con un nivel de conservación considerablemente superior al de buena parte del litoral mediterráneo, pero al mismo tiempo recibe navegación recreativa, pesca profesional y recreativa, submarinismo, excursiones marítimas y una intensa utilización turística durante buena parte del año.

El propio Gobierno catalán reconoce una elevada presión antrópica sobre determinadas zonas del espacio y señala entre los impactos la frecuentación, determinadas actividades deportivas, la explotación de recursos marinos y el fondeo de embarcaciones sobre las praderas de Posidonia oceanica.

La situación ha mejorado con la aprobación, en 2025, del nuevo Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Natural. El PRUG regula navegación, fondeo, pesca, buceo y otras actividades marítimas y establece zonas de mayor protección. En Cala Jugadora, por ejemplo, se contemplan sectores de no fondeo. La navegación también está sometida a límites de velocidad y existen restricciones específicas en determinadas reservas. Esto es positivo y demuestra que el litoral no está desprotegido, pero también muestra el problema.

Si para conservar los ecosistemas actuales ya es necesario regular navegación, pesca, fondeo, buceo y otras actividades, ¿qué nivel de regulación adicional sería necesario cuando una especie extremadamente sensible a las molestias convierta una de esas calas en lugar de descanso o reproducción?

La respuesta no puede dejarse para después de la liberación.

La cuestión de fondo: ¿qué Mediterráneo encontrarían las focas?

Una parte del discurso favorable a la reintroducción parte de una premisa comprensible: si la especie vivía aquí hace medio siglo, el Cap de Creus continúa siendo su territorio histórico y, por tanto, debería poder regresar. Pero esto es precisamente lo que las directrices internacionales sobre translocaciones de conservación aconsejan evitar.

La UICN advierte que el área histórica de una especie no tiene por qué seguir siendo un hábitat adecuado después de décadas de transformación ambiental. Antes de trasladar animales es necesario evaluar las condiciones actuales, las amenazas nuevas y la capacidad del territorio para mantener una población viable. También debe analizarse si la restauración del hábitat es necesaria antes de efectuar la translocación.

La situación catalana presenta precisamente este problema. El litoral de hace un siglo ya no existe. La Costa Brava está densamente urbanizada en numerosos sectores, soporta una importante presión turística y náutica y presenta un grado de utilización recreativa muy superior al histórico. Incluso los sectores protegidos soportan una presión estacional considerable.

Por tanto, la pregunta científica correcta no debería ser: «¿Podría sobrevivir una foca en Cala Jugadora?», la respuesta es que probablemente sí, pero que la pregunta correcta debería ser: «¿Puede establecerse y mantenerse durante décadas una población reproductora de foca monje en el Mediterráneo noroccidental bajo las condiciones actuales de utilización del litoral?» Y esta segunda pregunta es considerablemente más difícil.

La reintroducción no es imposible

Sería igualmente injusto concluir que el proyecto es inviable. Existen argumentos científicos a favor. La población de Cabo Blanco se ha recuperado notablemente después de la mortalidad masiva de 1997 y actualmente constituye la mayor concentración de foca monje del mundo. Estudios de modelización han indicado que determinadas extracciones de ejemplares jóvenes podrían realizarse sin comprometer necesariamente el crecimiento de la población donante, siempre que se mantengan unos niveles prudentes de extracción. En uno de estos modelos se simuló el traslado de seis crías destetadas al año durante cinco años y las poblaciones reintroducidas permanecían presentes al final de las simulaciones de diez años.

También existe un precedente natural muy interesante: Chipre. Después de haber quedado prácticamente extinguida, la especie comenzó a reaparecer y, entre 2009 y 2018, se documentaron cada vez más observaciones y nacimientos. Los autores consideran que se produjo el primer restablecimiento documentado de una población de foca monje en una zona de su área histórica después de una casi erradicación. No obstante, no fue posible determinar con seguridad si la recuperación procedía de supervivientes locales o de inmigración desde poblaciones cercanas.

Monachus monachus, Cabo Greco, Chipre © Julien Renoult, CC BY 4.0

Monachus monachus, Cabo Greco, Chipre © Julien Renoult, CC BY 4.0

Esto es importante porque apunta hacia una alternativa que quizá debería recibir más atención: crear las condiciones para que la foca monje vuelva por sí misma, en lugar de asumir desde el principio que hay que transportarla.

Un problema añadido: ¿de dónde sacar los animales?

El proyecto que se plantea actualmente contempla trabajar con animales procedentes de Cabo Blanco y desarrollar primero una fase intermedia en otros lugares, como Canarias o Madeira, antes de plantear su llegada al Mediterráneo occidental. Según las declaraciones del secretario de Transición Ecológica, Jordi Sargatal, se ha hablado de extraer determinados ejemplares de Cabo Blanco y utilizar estas poblaciones para favorecer la conexión entre los linajes atlánticos y mediterráneos.

Aquí aparece otro problema científico que no debería minimizarse. Las poblaciones atlánticas y mediterráneas presentan diferenciación genética. Una mezcla controlada podría producir un efecto positivo de «rescate genético», especialmente teniendo en cuenta la baja diversidad genética de algunas poblaciones actuales. Pero también existe incertidumbre sobre sus consecuencias. Además, trasladar animales implica un riesgo sanitario: pueden transportar patógenos a poblaciones que nunca han estado expuestas a ellos. El estudio de 2026 señala expresamente estos dos problemas —genética y enfermedades— como cuestiones que deberían formar parte central de cualquier programa de translocación.

Por tanto, no bastaría con decir que Cabo Blanco tiene animales suficientes. Habría que demostrar que los ejemplares seleccionados son adecuados genética, demográfica y sanitariamente, y que su extracción no perjudica a la población de origen.

¿Y el dinero?

Aquí conviene separar una sospecha legítima de una afirmación que necesitaría pruebas. Los proyectos de conservación generan inevitablemente actividad profesional: estudios, seguimiento, campañas de divulgación, personal técnico, veterinarios, embarcaciones, equipos de seguimiento, análisis genéticos, monitorización mediante cámaras, educación ambiental y gestión administrativa. Todo ello cuesta dinero.

En este caso existe además una creciente actividad pública y privada alrededor de la recuperación de la foca monje. El documental L’Odissea del vell marí, por ejemplo, ha contado con participación de entidades públicas y privadas y con colaboración de organismos científicos y de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, mientras que diferentes entidades conservacionistas están utilizando la recuperación de la especie como eje de divulgación.

Eso no demuestra en absoluto que la finalidad del proyecto sea obtener fondos públicos, pero sí plantea una cuestión que debería ser obligatoria en cualquier proyecto de conservación financiado con dinero público:

¿Cuál es el presupuesto total? ¿Quién lo recibe? ¿Qué parte corresponde a investigación, gestión, divulgación y personal? ¿Qué objetivos cuantificables se establecen? ¿Y qué condiciones determinarán que el proyecto continúe, se modifique o se abandone?

Una política de conservación seria no debería tener ningún problema en responder a estas preguntas. De hecho, la transparencia presupuestaria fortalecería el proyecto en lugar de debilitarlo.

Las condiciones que deberían cumplirse antes de liberar una sola foca

Si se quiere considerar seriamente una reintroducción en Cataluña, el proyecto debería estar condicionado a una serie de requisitos verificables.

1) Demostrar la disponibilidad de hábitat reproductor. No basta con localizar una cueva atractiva. Debe determinarse cuáles son las cuevas realmente adecuadas para descanso, parto y cría, teniendo en cuenta oleaje, accesibilidad, inundación, estabilidad, orientación, temperatura, refugio y disponibilidad de superficie seca.

2) Establecer una zona de exclusión real. Si una cueva comienza a utilizarse para reproducción, debería existir un protocolo automático que limite navegación, fondeo, buceo, kayak, paddle surf, excursiones y cualquier otra actividad potencialmente perturbadora. No debería depender de que alguien vea primero a la foca y avise.

3) Proteger el área de alimentación. Este es probablemente el punto más importante. Una foca puede descansar en Cala Jugadora, pero come en el mar. Y sus desplazamientos pueden superar ampliamente los límites del Parque Natural. El reciente estudio de Aguilar y colaboradores muestra que las áreas protegidas actuales son generalmente demasiado pequeñas para cubrir sus movimientos ecológicos. Una reintroducción debería incluir, por tanto, una red de protección mucho mayor que una simple cala.

4) Estudiar la disponibilidad de alimento. Antes de liberar animales habría que establecer una línea de base sobre peces, cefalópodos y otros recursos tróficos y mantener un seguimiento posterior. No tiene sentido introducir un depredador de varios cientos de kilos en un ecosistema sin comprobar su capacidad de producción alimentaria.

5) Evaluar seriamente la pesca. La pesca profesional y recreativa debería formar parte del proyecto desde el primer momento. No necesariamente porque la foca y los pescadores sean incompatibles, sino porque las interacciones con las artes de pesca constituyen una amenaza reconocida para la especie. La solución tendría que negociarse previamente con el sector y contar con medidas concretas de prevención y compensación cuando fueran necesarias.

6) Reducir el tráfico marítimo. La navegación recreativa debería ser objeto de especial atención, especialmente durante la temporada de reproducción. El estudio sobre el impacto de la navegación recreativa en el Mediterráneo identifica el ruido de motores y otros efectos de la navegación como impactos relevantes sobre los ecosistemas costeros.

7) Controlar el turismo de observación. La llegada de la primera foca probablemente generaría un fenómeno inmediato: embarcaciones buscando verla. Es precisamente el tipo de efecto paradójico que un programa de conservación debería anticipar. Una foca que se convierte en atractivo turístico puede acabar siendo víctima de su propio éxito.

8) Establecer un programa sanitario muy exigente. Todos los animales trasladados deberían pasar por protocolos veterinarios y sanitarios rigurosos, incluyendo enfermedades infecciosas relevantes para la especie. El traslado de animales desde Cabo Blanco hacia el Mediterráneo no es una operación neutra desde el punto de vista epidemiológico.

9) Estudiar la genética antes de decidir el origen de los animales. La posible mezcla de poblaciones atlánticas y mediterráneas debe ser una decisión científica, no política ni emocional. Debe evaluarse qué combinación genética produce el mayor beneficio para la conservación y el menor riesgo.

10) Crear un sistema independiente de evaluación. Los resultados deberían ser evaluados periódicamente por un comité científico independiente del organismo que ejecute el proyecto, y debería existir una estrategia de salida. Si después de cinco, diez o quince años los animales no sobreviven, no se reproducen o generan problemas ecológicos o sociales que no pueden resolverse, el proyecto debe poder detenerse. La propia metodología de la UICN insiste en que una translocación debe estar precedida por una evaluación de viabilidad, riesgos, costes y alternativas, y que el objetivo debe ser un beneficio de conservación mensurable, no simplemente la liberación de animales.

Quizá el proyecto correcto no sea «reintroducir la foca»

Esta puede ser la conclusión más incómoda. Tal vez el objetivo de conservación más inteligente para Cataluña no debería ser inicialmente «conseguir que haya focas monje en Cala Jugadora», sino «hacer que el Mediterráneo noroccidental vuelva a ser un lugar donde una foca monje pueda establecerse espontáneamente». La diferencia parece semántica, pero no lo es. En el primer caso, el animal es el punto de partida y el ecosistema debe adaptarse al proyecto. En el segundo, el ecosistema es el punto de partida y la llegada de la foca constituye el indicador final de que la restauración ha funcionado.

El reciente trabajo de Aguilar, Borrell, Aiuti y Gazo apunta precisamente en esta dirección: una red de áreas marinas protegidas más grande, conectada y funcional podría favorecer la recolonización natural, que sería una vía potencialmente más segura que trasladar animales desde poblaciones fuente vulnerables hacia lugares donde la protección todavía es parcial. No es una cuestión menor.

Si queremos que la foca monje vuelva, tendremos que aceptar que su regreso tendría consecuencias sobre nuestro modo de utilizar la costa. Una población reproductora necesitaría tranquilidad. Eso significa menos embarcaciones en determinadas zonas, menos fondeo, restricciones al buceo en determinados periodos, control de excursiones, gestión de la pesca y probablemente nuevas zonas de protección marina. Y entonces aparece la verdadera prueba de voluntad política.

¿Estamos dispuestos a proteger a la foca o solamente a fotografiarla?

El Cap de Creus ya dispone de un nivel de protección que hace posible plantearse la cuestión seriamente. El nuevo PRUG de 2025 ha introducido una regulación considerablemente más detallada de las actividades marítimas y reconoce explícitamente la necesidad de compatibilizar los usos económicos con la conservación. Pero una foca monje reproductora exigiría posiblemente ir más lejos, y aquí es donde el debate deja de ser exclusivamente zoológico, porque es relativamente sencillo apoyar la recuperación de una especie emblemática. Mucho más difícil es aceptar las restricciones que necesita para vivir.

Podemos financiar censos, documentales, campañas educativas, reuniones, estudios de viabilidad y programas de seguimiento. Todo ello puede ser útil y necesario. Pero el verdadero indicador de éxito no será el número de proyectos ejecutados ni el número de ejemplares liberados. Será mucho más sencillo: que dentro de veinte o treinta años haya focas monje naciendo regularmente en el litoral catalán sin que sea necesario volver a introducirlas. Si eso sucede, podremos decir que la reintroducción ha funcionado, pero si para mantenerlas necesitamos continuar liberando animales periódicamente porque el ecosistema no puede sostenerlos, habremos conseguido otra cosa: mantener artificialmente una pequeña población en un litoral que todavía no hemos conseguido restaurar.

Una conclusión prudente

La recuperación de la foca monje en Cataluña no debe descartarse, pero tampoco debería darse por viable simplemente porque existan cuevas adecuadas y porque la especie viviera históricamente en el Cap de Creus.

Hay razones objetivas para estudiar la posibilidad. La recuperación reciente de la especie en otras partes del Mediterráneo, el crecimiento de Cabo Blanco y la existencia de hábitats potencialmente adecuados ofrecen una oportunidad que hace veinte años parecía mucho más remota. El propio Gobierno catalán considera actualmente el proyecto en una fase inicial y ha planteado comenzar trabajos en 2027, aunque la liberación de animales no sería inmediata.

Pero también existen razones igualmente objetivas para actuar con mucha prudencia. La especie necesita mucho más espacio del que proporciona una pequeña reserva costera. El Mediterráneo occidental soporta una presión humana enorme. Las áreas protegidas son demasiado pequeñas para cubrir sus movimientos naturales. La disponibilidad de alimento debe demostrarse. Las interacciones con la pesca deben gestionarse. La navegación y el turismo tendrían que adaptarse. Y cualquier traslado desde Cabo Blanco implica riesgos genéticos, sanitarios y demográficos que no pueden esconderse detrás del atractivo de recuperar una especie emblemática.

Por eso, la verdadera prueba de este proyecto no será si Cataluña consigue traer una foca monje, sino si está dispuesta a modificar suficientemente el litoral para que la foca pueda quedarse. Y si la respuesta es que no estamos dispuestos a hacerlo, quizá la inversión pública más sensata no sea financiar primero la reintroducción, sino financiar la restauración del ecosistema que debería hacer posible su regreso.

 

Infografia

Infografia; ¿La foca monje puede volver a Cataluña?

 

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                                             Trailer del documental «L’Odissea del vell marí»

Referencias

Citar este artículo como:

Miquel Pontes, "¿Puede volver la foca monje a Cataluña? Entre la recuperación ecológica y la ilusión de una reintroducción", en VIMAR-Vida Marina, publicado el 07/10/2026, accedido el 08/10/2026 en (https://vidamarina.info/?p=10316).

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Miquel Pontes

Miquel Pontes

Informático de profesión, es fotógrafo submarino y naturalista aficionado. Submarinista desde 1994, su “logbook” cuenta con centenares de inmersiones en el mar Mediterráneo, mar Caribe y mar Rojo y en los océanos Atlántico, Índico y Pacífico. Fundador del Grupo de Estudios M@re Nostrum en 1996, socio fundador de Grup de Recerca en Opistobranquis de Catalunya en 2010, socio fundador del Grup de Recerca VIMAR (Vida Marina) en 2012. Co-autor y webmaster del web dedicado a los moluscos opistobranquios del Mediterráneo e Iberia OPK - Opistobranquis, co-autor del libro "Els nudibranquis del mar català" publicado en 2020 por Brau Edicions, descubrió el interesante mundo de los opistobranquios en 1997 de la mano de sus compañeros de inmersión y desde entonces ha sido una línea de trabajo continuada, aportando fotos submarinas, observaciones hechas en el medio natural y colaborando en la difusión de este área del conocimiento. Autor y co-autor de múltiples publicaciones científicas sobre moluscos opistobranquios (y otros grupos animales), ha participado y participa en todo tipo de proyectos divulgativos (libros, revistas, webs, conferencias, exposiciones …) como medio para difundir su interés principal: proteger los mares y los seres que los habitan. Desde 2019 es coordinador del grupo VIMAR (Vida Marina) y es webmaster de esta página web.

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Informático de profesión, es fotógrafo submarino y naturalista aficionado. Submarinista desde 1994, su “logbook” cuenta con centenares de inmersiones en el mar Mediterráneo, mar Caribe y mar Rojo y en los océanos Atlántico, Índico y Pacífico. Fundador del Grupo de Estudios M@re Nostrum en 1996, socio fundador de Grup de Recerca en Opistobranquis de Catalunya en 2010, socio fundador del Grup de Recerca VIMAR (Vida Marina) en 2012. Co-autor y webmaster del web dedicado a los moluscos opistobranquios del Mediterráneo e Iberia OPK - Opistobranquis, co-autor del libro "Els nudibranquis del mar català" publicado en 2020 por Brau Edicions, descubrió el interesante mundo de los opistobranquios en 1997 de la mano de sus compañeros de inmersión y desde entonces ha sido una línea de trabajo continuada, aportando fotos submarinas, observaciones hechas en el medio natural y colaborando en la difusión de este área del conocimiento. Autor y co-autor de múltiples publicaciones científicas sobre moluscos opistobranquios (y otros grupos animales), ha participado y participa en todo tipo de proyectos divulgativos (libros, revistas, webs, conferencias, exposiciones …) como medio para difundir su interés principal: proteger los mares y los seres que los habitan. Desde 2019 es coordinador del grupo VIMAR (Vida Marina) y es webmaster de esta página web.

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